Vuelvo a los orígenes

Sigo por donde iba antes de venirme aquí. Ya presentí en febrero, cuando cambié de blog, y así lo dije,  un cambio de vida a mejor. Probablemente lo sea, pero el cambio está siendo extremadamente duro. Ahora vuelvo a escribir en mi primer Por algo lo digo, que puede leerse bajo invitación (ya cursadas las invitaciones, me faltan algunas de las que no he podido averiguar el correo electrónico, como Cereza).

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Amar, un arte mayor

Cuando miro a mi padre y a mi madre sé que están enamorados desde hace más de sesenta años, o al menos según el concepto que he ido hilvanando a lo largo de mi vida de lo que es el enamoramiento maduro y estable, es decir el amor, o el Amor con mayúsculas. Nunca me contaron lo que sentían cuando pasaron de ser conocidos de la infancia a buscarse, encontrarse, cortejarse, bailar juntos, cuáles fueron sus deseos y temores durante su largo noviazgo, cuando decidieron casarse, engendrarme a mí y luego a mi hermano. Debo imaginar que siguieron el proceso que nos explica Erich Fromm en El arte de amar, quien por diferenciar y aclarar conceptos separaba en dos fases bien definidas lo que es enamoramiento y lo que es amor.

La primera está marcada por la química y conlleva placer al estar con otra persona, angustia cuando no está, deseo irrefrenable de estar a su lado, exaltación de los valores que le apreciamos –aunque sepamos objetivamente que carece de ellos-, como podrían ser su belleza, sus principios éticos, su forma de hablar, el cuánto se nos asemeja e incluso qué hermoso y complementario nos resulta todo lo que nos hace diferentes y hasta incompatibles.

En la segunda fase, la del amor propiamente dicho, el genuino, las dos personas ya se conocen bien, asumen, comprenden y respetan lo positivo y lo negativo de la otra, saben predecir sus estados de ánimo, saben comunicarse y demostrarse afecto, saben pedir y ofrecer a la otra, se complementan, son cómplices, se sienten compañeras de vida, son amigas, son amantes, tienen una similar filosofía de vida y un proyecto de vida que puede ir variando a lo largo de los años, pero que siempre es común y compartido. Aunque en la fase de enamoramiento nunca habríamos elegido a una persona con –a nuestros ojos- una determinada tara o defecto –por ejemplo con una incapacidad física o psíquica, o muy gorda o muy delgada, o muy alta o muy baja…- si algo de eso hubiera sobrevenido en el transcurso de los años de relación,  ya no nos importa porque ahora la amamos en el verdadero sentido del término amar.

Entre las dos fases ha de existir necesariamente un encuentro entre ambas personas y una reciprocidad de sentimientos. Aún así la fase de enamoramiento puede durar todavía unos meses y más raramente unos años. El cambio del enamoramiento al amor se nos puede hacer casi imperceptible, como son todos los procesos evolutivos naturales, por lo tanto lo entendemos como una evolución positiva y deseable de nuestra relación. Pero también puede ser muy nítida e incluso decepcionante para una de las dos personas –más raramente para las dos a la vez-. Puede ocurrir cuando pasado el estado de alienación del enamoramiento, somos conscientes de que ni es tan hermosa la otra persona, ni somos tan compatibles, ni querríamos convivir con alguien que tiene esos defectos que nos resultan insufribles, cuando nos damos cuenta de que hay algo que nos repele profundamente de ella, que nos distancia irremediablemente: su sentido del humor, su pedantería, su gordura o su delgadez, su timidez, sus ausencias o cualquiera de infinidad de cosas posibles. Entonces es lógico y natural buscar la distancia y la ruptura. Por eso, la fase intermedia entre el enamoramiento y el amor es tan crucial y crítica.

Sin embargo hay personas que han atravesado saludablemente la fase de enamoramiento y la intermedia, y apenas entran en la solidez de una relación genuina de compenetración personal, sexual y de convivencia, olvidan que amar es un arte que se ha de cultivar día a día, pierden el ansia de conquista porque consideran que su amado o su amada es ya terreno seguro y conquistado y añoran los tiempos de búsqueda, de zozobra, de retos a batir contra el rechazo que les engancha más que la aceptación, de mariposas en el estómago. Son esas personas para los que serviría aquella vieja sevillana que dice  “Si me enamoro algún día, me desenamoraré, para tener la alegría de enamorarme otra vez”. De este tipo de personas se dice desde la psicología que son personas inseguras, inmaduras y con falta de autoestima. Por mi parte, dejémoslo en que se trata de una filosofía de vida como cualquiera otra y por mucho que fuese compatible con la tuya propia, es sin duda alguna fuente de conflictos emocionales porque nunca está dicho que –en el mejor de los casos- ocurra en ambas partes al mismo tiempo. Por eso –y por muchas otras razones importantes- es importante conocer el pasado de las personas con las que nos cruzamos en el camino y en función de lo que sabemos y de lo que intuimos, tener la capacidad, la voluntad y la valentía suficientes como para decidir dejarlas o no dejarlas entrar en nuestras vidas.

Enamorarse no es un arte, enamorar sí lo es, aunque un arte menor, igual que dejarse amar no es un arte, amar sí lo es y es un arte mayor. No todo el mundo es artista del amor.

Dedicado a mis padres

Es una vieja canción del grupo italiano I Pooh. Si tienes un ratito lee el texto que he traducido.

50 primavere – I Pooh

Aquel 25 de abril la guerra estaba en casa,

llovía fuerte fuera de la iglesia.

El hambre estaba en el aire, la vida era un apuesta, pero el cura continuaba con su misa.

Tú con el vestido blanco, tú con los zapatos nuevos,

os dijisteis SÍ delante de aquel altar y juntos os encaminasteis por la vida,

entre el tiempo, las promesas y las esperanzas,

la guerra que acababa, los bailes americanos e Italia por reconstruir,

el 10 en la tarjeta, los hijos de improviso,

la casa demasiado pequeña y yo que crecía demasiado deprisa.

Pero dime cómo se hace para estar como vosotros, juntos toda la vida,

porque a mí el amor cuando lo tengo

me parece siempre fuego y en cambio dura poco.

Será que almas de esa raza hace ya que no se fabrican.

Aquel 25 de abril vuelve todos los años y todos los años os encuentra juntos.

Habéis visto el mar, el siglo cambiar, el papa bueno y el hombre en la luna.

Hay quien os llama abuelos y tiene ya 20 años.

Es el tiempo que transcurre pero no pasa.

Tú con el pelo blanco, tú con las gafas nuevas,

Os decís todavía sí ante el plato de cada día.

Será fatalidad, fortuna o qué sé yo, pero estáis todavía juntos.

Parece un amor nacido ayer y en cambio pasaron ya cincuenta primaveras

Y nosotros con todo por aprender estamos aquí improvisando amor.

Aquel 25 de abril llovía y los invitados decían “qué esposos tan afortunados”.

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Exámenes de la vida

La vida es como una terrible y amenazante asignatura que hay que ir aprobando paso a paso. A veces nos pone exámenes fáciles de resolver y otras veces no encontramos la respuesta a las incógnitas que nos presenta sobre el papel de los días. La obtención de esa respuesta  se vuelve deseo, algunas veces obsesión. Muchos porqués se quedan volando en el aire y los sentimos en el alma como una amenaza que nos lleva a querer obtener una respuesta rápida para salir del atolladero. Es entonces cuando la vida nos da a entender como mejor puede que no se trata de responder rápidamente sino que estamos ante un reto vital que requiere un inmenso ejercicio de paciencia y de introspección para acertar en las respuestas. Por eso es tan común que nos equivoquemos, por la prisa, porque no tenemos entrenada la paciencia, porque la ansiedad nos hace dar palos de ciego, porque queremos saber ya, o alguien, que nunca es la propia vida, nos presiona para que nos/le respondamos. Queremos la respuesta ya y si no la tenemos, la buscamos en el amigo, en la amiga, en un libro, en un dios en el que creemos e incluso, cuando la angustia nos acucia, la buscamos en ese dios en el que nunca hemos creído.

Las respuestas que no vienen de nuestro interior pueden ser confusas y contradictorias: yo en tu lugar haría, yo en tu lugar no haría, haz esto, haz aquello, un sí por aquí, un no por allá, afirmaciones y negaciones categóricas y simultáneas que nos confunden porque no son nuestras propias respuestas, porque las nuestras es posible que tarden en llegar y no tenemos paciencia para esperarlas ni tesón para buscarlas. Por eso el mejor amigo en estas situaciones no es el que te da la respuesta -porque al fin y al cabo sería “su” respuesta y con mucha frecuencia ni siquiera eso-, ni el que te culpa de tus errores, ni el que te justifica o te anima a seguir cometiéndolos, ni siquiera el que se queda en la simpleza de “tú eres así”, como diciendo que eres tan torpe que no puedes crecer, sino el que te lleva por el interior de tu maraña de dudas, te pasea por ellas relajadamente y deja que seas tú quien encuentre la respuesta, la tuya, la auténtica, sin presiones ni prisas, a la vez que te orienta despacio hacia ese punto de luz que tú le indicas como tu objetivo, que ha de ser el de tu propia felicidad estable, o lo que es lo mismo: a tu propia madurez.

Al hilo de esta idea, reconozco ser impaciente por obtener respuestas, las mías y las ajenas. Pero no siempre, porque en ocasiones hago acopio de paciencia y redirijo mi atención hacia las otras cosas que me irán haciendo crecer y envejecer de la mejor manera que mi condición humana me permite, mientras espero ya sin darme cuenta aquella respuesta cuya pregunta se quedó en el aire. (Muchas preguntas dejan de interesarte con el tiempo, lo que significa que su respuesta era irrelevante para tu vida)

Durante veintiún años deseé algo con fuerza -la confirmación de una verdad que solo parecía verdad para mí- pero nunca forcé la llegada del momento. Tampoco supe si ese momento iba a llegar ni si la respuesta estaría en un hecho o solo en un sentimiento vivo de “deseo cumplido”. Pero tenía fuertes sospechas de que ese deseo se iba a cumplir antes o después y me lo fui ganando día a día -sin ningún esfuerzo ni angustia, solamente siendo yo y emitiendo lo que salía de mí, que era cariño- en pequeñas cosas, en pequeños detalles que favorecían que un día pudiese presentarse. Hace unos años ya que lo consideré cumplido, así lo percibía, me alegré y me desentendí de él. Lo que no sabía es que la vida me reservaba una sorpresa, como una hermosa guinda de pastel: cumplir ese deseo en forma de hecho y no solo de sentimiento. Ayer por fin ocurrió de forma inesperada. Lloré de alegría, abracé, fui abrazada, hablé, escuché, miré, me llené de ese regalo inesperado y a la vez deseado desde hacía más de veinte años. Y di gracias a la vida por él.

Ese hecho emocionante y hermoso me ha hecho recordar una vez más que he de ser paciente y que más veces de las que pensamos tan solo es necesario transmitir amor aunque creas que se queda volando en el aire. Seguro que antes o después, ese amor llega a destino y nos recompensa con creces.

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Podríamos quedar

Como decían en mi pueblo, “si Dios quiere y las personas y las vacas de la Molineta”, este 2 de julio podría ser mi estreno en la fiesta madrileña del orgullo gay. Así que, de ser así, podríamos encontrarnos Pepa  y yo por allí, con las que puedan y quieran, donde se tercie o donde convenga, previa quedada, aunque la verdad es que me hacía ilusión el plan de Marcela y Farala para el “resi” ;)

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Borreguismo educativo – última parte

La jornada intensiva, en los sectores en los que pueda ser aplicada, ha demostrado desde los años 70 que existe un mayor rendimiento en el trabajo, es decir, en una hora trabajada en turno intensivo se rinde más que en una hora en jornada partida. Por ese motivo en las empresas mejor organizadas se fue introduciendo progresivamente la jornada intensiva, principalmente en la industria y en la banca, a la vez que se redujo la jornada laboral diaria en aproximadamente una hora, puesto que aún con esta reducción el rendimiento era equivalente a una hora más en jornada partida.

Por otra parte los turnos intensivos en cualquier sector, incluso en la sanidad, han favorecido la conciliación entre la vida laboral y la familiar. En definitiva, ha sido un gran avance en derechos laborales y no por ello se ha visto perjudicado el rendimiento empresarial.

En la enseñanza secundaria, antes de implantarse la jornada intensiva, se impartían cuatro horas (de 60 minutos) de clase por las mañanas, con un intermedio de media hora de recreo, y dos horas más por las tardes. Es decir: [2+2] + 2. Estaba demostrado que si se impartían más de dos horas seguidas de clase, disminuía el nivel de atención del alumnado.

En los 70, paralelamente a la introducción de la jornada laboral intensiva en la industria y en otros sectores, también se empezó a aplicar en la educación, solamente en formación profesional. Como el rendimiento es superior en jornada intensiva y como por otra parte es difícil mantener la atención durante más de dos horas seguidas de aprendizaje, se estableció que cada clase se reduciría de 60 a 55 minutos. Arañando 5 minutos a cada hora se conseguía un recreo de media hora que dividía la jornada en dos partes de 3 horas de 55 minutos. Es decir: [3+3] reducidas.

Y de este modo, todo fue muy durante dos décadas de formación profesional. Tanto es así que en la enseñanza secundaria se inició la jornada intensiva en la década de los 90 siguiendo los mismos criterios de clases de 55 minutos. Por una parte el rendimento escolar no se redujo y por otra parte supuso un gran ahorro público puesto que los centros podían prescindir de comedor, algo que se hacía casi imprescindible en la jornada partida.

Hasta aquí un pequeño resumen de cómo llegamos a tener jornada escolar intensiva en la enseñanza media y en la profesional. Las ventajas fueron:

  • Reducción de gasto público.
  • Conciliación de vida laboral y familiar para el profesorado.
  • Mayor rendimiento laboral y de aprendizaje.
  • Conciliación de vida educativa y familiar para el alumnado.
  • Reducción del número de horas totales anuales de trabajo y aprendizaje sin detrimento del aprovechamiento laboral o educativo.

Y así siguen las cosas en la mayoría de la enseñanza pública. Pero en Andalucía, los mandamases seguramente nacieron después de los 70, probablemente no se detuvieron a estudiar ventajas ni inconvenientes y de pronto pensaron que para ser más rentables, tenían que aumentar los minutos de clase de 55 a 60, eso sí, sin pasar a tener jornada partida ni de poner comedores en los centros. Y nos lo colocaron… o nos la colaron.

De modo que el alumnado que viene de otros pueblos más y menos lejanos, a veces necesita hasta hora y media para llegar al instituto. Nos han aumentado media hora más de trabajo al día. Podría parecer absurdo, pero esos 5 minutos de más en cada clase, sumándose todos ellos hacen la jornada mucho más agotadora. Las últimas horas en parte se pierden por falta de interés, por agotamiento. Desde que se sale de casa hasta que se regresa pasan entre 7 horas y media en el mejor de los casos hasta 9 y media en el peor, con solamente media hora de descanso para un recreo. Es demasiado. Ha sido un grave error y supongo que los “pensadores” se han autocolocado una medalla que no les corresponde.

¿Y qué estamos haciendo? Estarnos calladitos, porque… ¡como tenemos cuatro meses de vacaciones…! Seguimos arrastrando una culpa que no nos corresponde, que nos ha sido instalada desde fuera y de forma injusta.

 

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Borreguismo educativo – segunda parte

Nuestro salario no ha sido nunca para tirar cohetes. Desde 1980 -ya dije que ese fue mi año de incorporación a la docencia- hasta la crisis financiera iniciada en 2007, cualquiera ganaba más que un profesor, no digamos si trabajaba en la construcción o en cualquiera de sus profesiones asociadas: industria del metal, cementos, fontanería, química, electricidad, etc. Muchas veces me dijeron que con mis conocimientos y mi vocación por lo mío, en la empresa privada “te estarías hinchando de ganar dinero”. Pero bueno, teníamos eso de las vacaciones, los famosos “cuatro meses”, que nunca fueron tantos. La cosa del menor salario se compensaba más o menos con las vacaciones y con la estabilidad laboral.

Derecho a la revisión salarial conforme al IPC: Perdido

La página del INE no está hecha para prisas, con lo que no he podido encontrar la pérdida de poder adquisitivo del profesorado en Andalucía, pero he hallado esta otra de Castilla-León. Si bien sus salarios son muy superiores a los nuestros, los aumentos salariales relativos con respecto al IPC no creo que sean muy distintos a los nuestros.

Pérdida de poder adquisitivo entre 1996 y 2006

Lo que sí he podido saber de fuentes del sindicado USTEA es que entre 1998 y 2008 el profesorado andaluz perdió un 16,5% de su poder adquisitivo, visto que si el IPC subía por ejemplo un 3,5% nuestro salario se incrementaba pongamos que un 3% y así sucesivamente.

Se ha protestado un poquito, pero no mucho, que tenemos la costumbre de no alzar mucho la voz y como además nos han dividido en no sé cuántos cuerpos y escalas para que no hagamos nunca frente común, nos hemos metido el rabito entre las patas y hemos seguido trabajando para nuestro alumnado pero siempre inclinándonos con reverencia ante nuestros superiores: inspectores, subinspectores, secretarios generales, consejeros, directores generales, delegados provinciales, ministros y sus correspondientes en femenino, que eran quienes decidían que con nuestros “cuatro meses de vacaciones” y nuestra estabilidad laboral bien podíamos ir perdiendo poder adquisitivo, que nada diríamos. Y pensaban bien.

El último golpe sobre nuestros ya maltrechos salarios se produjo con la última bajada del 5% por esto de la crisis financiera, que como somos muchos y nunca protestamos, creyeron que tampoco aquí íbamos a protestar, pero aquí sí hubo protestas y manifestaciones, sin demasiada gente ni demasiados gritos, por el sentimiento de culpa. Es que cuando a alguien se le insulta con frecuencia acaba creyendo que es como le dicen que es. También se junta el que como ahora los que nos sacaban el doble de sueldo ahora están en paro (algunos solo de boquilla), pues no nos ha costado mucho poner nuestro granito de arena en arreglar el país, que no se ha desarreglado por nuestra culpa, dicho sea de paso.

Resumen de los derechos perdidos que he mencionado hasta ahora:

  1. Derecho de agrupación horaria
  2. Derecho a días de asuntos propios remunerados
  3. Derecho preferente de centro por reagrupación familiar
  4. Derecho a subidas salariales equivalentes como mínimo a la subida del IPC.

Lo mejor del profesorado: sus vacaciones. Un derecho perdido.

Aún no conformes con reducirnos progresivamente derechos previamente adquiridos, una pérdida a la que nos hemos ido resignando por aquello del sentimiento de culpa que nos han impuesto y porque “teníamos más vacaciones que nadie en el mundo mundial”, a finales de los 90 iniciaron otra reducción de derechos, precisamente el más sagrado para nosotros y el más criticado por la sociedad: Nuestras “más vacaciones que nadie”. Si hasta el 90 y pico se empezaba el curso académico (con alumnado entiéndase) a principios de octubre, y se finalizaba a mediados de junio (septiembre y la segunda mitad de junio teníamos que dedicarlo a tareas burocráticas y de programación y planificación del curso), a partir de entonces, progresivamente se han ido acortando estos períodos, llegando en la actualidad a empezar el curso con alumnado a mediados de septiembre y finalizarlo a final de junio. Un mes perdido de derechos previamente adquiridos, puesto que las tareas que se realizaban en ese mes, ahora han de hacerse en julio. ¿Qué nos queda de vacaciones? Agosto, navidades y semana santa, como cualquiera de los mortales, pero aún siguen diciendo que somos privilegiados porque tenemos “cuatro meses de vacaciones”, y es que cuando un tonto coge una linde, se acaba la linde y sigue el tonto.

¿Hemos terminado con la pérdida progresiva de derechos? NO, aún hay más.

(Continuará)

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Borreguismo educativo – primera parte

Vuelva después de vacaciones

Estamos haciendo unas pequeñas reformas en la casa y hemos tenido que llamar a algunas empresas para pedir presupuestos o hacer los trabajos directamente, al igual que hemos tenido que recurrir a la empresa aseguradora de la comunidad y a un abogado. La respuesta fue unánime: Ahora todo está parado, tiene que esperar a que pasen “estos días”, refiriéndose a la semana santa. Lo mismo ocurre en navidades, en el mes de agosto y en menor medida en julio. La empresa privada, pequeña o grande, toma vacaciones en los períodos vacacionales escolares y se quedan en servicios mínimos, para eso hacen ajustes de personal: tú te quedas el lunes y te tomas vacaciones el viernes, y tal y tal. No es el funcionariado el único. Tampoco es el profesorado el que más vacaciones tiene, porque el resto de los funcionarios, entre juegos con las guardias y los repartos equitativos de personal en períodos de vacaciones escolares, asuntos propios, etc., suman muchos días, tal vez los mismos y si me apuran, más, y encima se las pueden tomar fuera de la temporada alta, algo que me parece muy bien porque en la sociedad moderna se tiende a trabajar menos horas y a rentabilizar al máximo el tiempo trabajado. Pero es este colectivo el que tiene la fama, y claro, unos mean en lana y otros mean en lata, siendo nosotros del segundo grupo.

Tenemos las vacaciones típicas, de semana santa, de navidad y de verano. En verano, si tienes que presentarte a oposiciones,  hacer cursos de reciclaje,  perteneces al equipo directivo,  vas como miembro de un tribunal de oposiciones, tenemos solamente agosto, ese maravilloso mes de temporada altísima, cuando los hoteles y vuelos son más caros, cuando todo está masificado, playas, carreteras, hoteles, albergues de montaña, casas rurales, cuando te comes el pescado con el aceite más refrito de todo el año. Pero no podemos optar por tener vacaciones por ejemplo en el mes de mayo, o en septiembre, preciosos meses para mi gusto. En la empresa privada y en otros colectivos del funcionariado, sí pueden hacerlo.

El respeto a la docencia

Únase a todo lo anterior el hecho constatable de que somos un colectivo minusvalorado por las familias, al que se le priva con demasiada frecuencia del respeto que merece. A mí se me ha ocurrido muchas veces esconder en el armario (no va con segundas) al papá o la mamá para que vea por un agujerito lo que se cuece en el aula, lo que trabaja el profesorado, la de papeles que tiene que hacer, las de clases que tiene que preparar, la de estrategias que inventa para motivar, para enseñar en todos los ámbitos, no solamente los famosos contenidos de su asignatura, sino lo que no está en el curriculo, como son los modales, las formas, el buen trato, la lectura, el manejo y la comprensión de las emociones, la empatía, la educación, el respeto a las diferencias y tantas otras cosas más que con frecuencia se dejan en nuestras manos y que se convierten en tareas arduas a la par que invisibles, porque solo queda aquello de “qué buena vida tienen los maestros, con 4 meses de vacaciones”… Se han empestillado en que tenemos 4 meses de vacaciones y eso que la mayoría de los que calculan tan alegremente me consta que sabe sumar y restar.

Pues bien, yo comencé en esta andadura educativa en el año 1980. Desde entonces hasta ahora no solo no hemos ganado en derechos profesionales sino que hemos ido perdiendo paulatinamente, hoy uno, mañana otro. Si ese incremento de obligaciones, de controles, de horas y días de trabajo anuales hubiera servido como mínimo para dignificar una profesión tan sacrificada, casi que podríamos darnos con un canto en los dientes, pero no ha sido así.

Derecho de agrupación horaria: Perdido

No sé de memoria las fechas, pero sí recuerdo con alguna aproximación. En el año 80, cuando comencé a enseñar, si teníamos 24 horas de permanencia en el centro, podíamos pedir, siempre que fuera posible, que se nos agruparan en 4 días, lo que nos servía, como era mi caso, para hacer una mejor conciliación laboral y familiar. Yo andaba entonces lejos de mi hija, que tenía dos años, y de su padre. Con esta ventaja, me daba el tute de clases concentradas y de guardias, pero podía irme a casa los tres restantes (por ejemplo sábado, domingo y lunes) para estar con mi niña. Al mismo tiempo, mi entonces marido, también profesor, hacía lo mismo pero se pedía otro día distinto al mío (por ejemplo los miércoles), con lo que cogía a la niña y venían a estar conmigo. De esa manera podía estar ver a mi bebita 4 días a la semana, a pesar del ajetreo de idas y venidas y del sacrificio que me suponía dejar de verla, tan chiquita, durante tres días.

Esa medida desapareció poco después, cuando apareció una ley o reglamento o decreto o lo que fuese que nos obligaba a tener en los cinco días lectivos de la semana como mínimo una hora. La permanencia en el centro es de las mismas horas pero al carajo la vida familiar.

¿Hicieron algo los sindicatos? NO

¿Se movilizó el profesorado? NO. TRAGÓ sin rechistar.

Derecho de asuntos propios remunerados: Perdido

Pocos años después desaparecieron los 6  días de asuntos propios a los que teníamos derecho. Si mal no recuerdo fue también un derecho perdido a los funcionarios de la sanidad, no sé si solamente los médicos o más. El resto del funcionariado, según sus convenios, mantienen ese derecho de cómo mínimo 6 días de asuntos propios remunerados. Son para esas cosas que no puedes eludir pero que no se pueden justificar, son asuntos propios, tales como un problema familiar o asuntos administrativos que resolver en plazo.

¿Hicieron algo los sindicatos? NO

¿Se movilizó el profesorado? NO. TRAGÓ sin rechistar.

Derecho preferente de centro por reagrupación familiar: Perdido

Casi por la misma época de la pérdida del derecho aludido anteriormente, a la hora de concursar, un cónyuge docente tenía preferencia a la hora de optar al centro en el que estuviese trabajando su pareja. Ahí sí que hubo protestas, porque muchos que tenían más puntos que el cónyuge movilizado argumentaron su pérdida de derechos. Primero se perdió ese derecho en la enseñanza media, posteriormente en la primaria. La conciliación laboral con la vida familiar del colectivo docente sufrió otro grave revés.

¿Hicieron algo los sindicatos? SÍ: Apoyar a los que protestaron para que no se pudiera reagrupar la familia.

¿Se movilizaron los perjudicados? NO. Tragaron sin rechistar.

Conclusión parcial: Tres derechos perdidos en solamente una década.

Y hemos llegado solamente a finales de los años 80. Todavía nos quedaba mucho más por perder, y lo iré contando en el próximo post.

(continuará)

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Los tres becerros de oro: conclusiones

Machismo

No hay que salir de nuestro civilizado entorno para observar que el hombre tiene más poder que la mujer y que en general se lo respeta más que a ella. En mi trabajo lo notamos las mujeres cada día en todos los sectores: AMPA, profesorado, alumnado, personal no docente y equipo directivo. No es en mi centro, es en todos. Machistas no son solo los hombres, por desgracia el machismo está bien arraigado como lo están las fobias prejuiciosas (como la homofobia), todas esas para las que los fóbicos no tienen respuesta porque no la hay.

Con raras excepciones, una orden que da o un conflicto en el que se ve envuelta una profesora no se resuelve ni se acepta con la misma candidez y el mismo respeto que si se trata de un profesor. Por poner un sencillo ejemplo reciente, hace unos días pasé por tres aulas para informar al alumnado de que debido a los destrozos y pérdida de ratones en las aulas de informática, se iba a tomar la medida (que ya estaba prevista desde principio de curso pero no la llevábamos a cabo) de que cada cual se trajese su propio ratón de casa. En una de las clases la participación del alumnado al recibir la noticia fue un reflejo de lo que vemos en los programas de televisión llamados de “debate” y que yo llamo de “combate”. Interrupciones a gritos y amenazas de denuncias, malas maneras y curiosamente las más beligerantes y maleducadas, dos chicas, una en particular (no son alumnos míos los de aquel aula, los míos participaron, preguntaron y aceptaron de forma respetuosa). Bastó que un profesor entrase en el aula, explicase lo mismo y en los mismos términos para que nadie lo interrumpiese y todo el mundo acatase la medida y asumiese la irresponsabilidad que tienen muchos sobre el material de que disponemos y que se les ofrece. Cosas así las vemos todos los días y las hablamos entre compañeras.

En la comunidad donde vivo pasa lo mismo. Ya he hablado muchas veces de las molestias que padecemos por el ruido de niños, adultos y perros en las zonas comunes. El verano pasado un garrulo me gritó “vieja” y “sinvergüenza” desde el patio hasta la ventana donde estaba asomada con cara de fastidio a las 11 de la noche por la fiesta que se tenían montada en la piscina como cada noche, con pizzas y algarabía, y fue coreado y aplaudido por el harem de mujeres que lo rodeaba, incluida la suya. Sin embargo hace un par de semanas estuve con gripe y todavía me quedan restos de tos. Anteanoche al acostarme tosí unas cuantas veces y en el dormitorio de los vecinos de al lado (matrimonio mixto de profesor y profesora de “escuela noble” que me habla de usted porque “usted es muy mayor” aunque somos de la misma edad) golpearon tres veces con fuerza el muro divisorio. El resto de las toses las tuve que dar con la boca apoyada en la almohada y cubierta por el edredón. Tengo la absoluta seguridad de que si el que se hubiera asomado por la ventana con cara de fastidio hubiera sido un machote, no habría ocurrido lo que ocurrió, y que si en esta casa en vez de vivir dos mujeres  (y además casadas…. ohhhh) y una adolescente, hubiéramos sido un matrimonio mixto  y uno de los dos estuviese tosiendo, nadie habría golpeado el muro. Andamos muy lejos todavía de erradicar el machismo y si me apuráis, lo veo en alza y las mujeres son las pioneras en la inflación machista. ¿Qué se puede hacer ante esto? Criticarlo y denunciarlo. No me refiero a ir a los juzgados, sino a hablarlo, a ridiculizarlo, a hacer que se vea lo que ocurre, obligarnos a mantener los ojos abiertos y el espíritu crítico alerta. No sirve de mucho pero es algo.

Religión

En cuanto a la religión, también está en alza. Nos creemos que por el hecho de que haya ahora diversidad de religiones en este país laico hemos avanzado algo cuando lo único que ocurre es que tenemos más focos de manipulación y encima todos ellos enfrentados. Pero hay unos cuantos puntos comunes en los que no se enfrentan las distintas religiones que nos rodean: las fobias prejuiciosas y el machismo. Todo converge.

Dinero

Y por si nos faltaba algo en este guiso, tenemos al becerro dinero. La mujer se queda embarazada, pare y cuida a su familia. Lo del cuidado es así por naturaleza, la mujer (hablando en términos generales) tiene esa cualidad innata de proteger y cuidar a su familia, a otras personas y a la naturaleza, además de ser menos beligerante -en términos físicos, como en las guerras por ejemplo-. Las encuestas a empresarios demuestran que se andan con mucho recato a la hora de contratar mujeres que son o se prevé que sean madres. Los despidos de embarazadas apenas se les acaba el contrato son masivos. Por más que se diga lo contrario no hay suficientes alicientes políticos para las empresas a la hora de contratar mujeres y en las entrevistas de trabajo, a las mujeres se les hacen preguntas diferentes a las que se hacen a los hombres.

Quizás la única fobia prejuiciosa que no se ha visto incrementada por el becerro dinero es la homosexualidad. Era malo no dar hijos al mundo cuando eso era economía y sostén para las familias, pero ahora eso no importa, ahora lo que importa es mover dinero, y gays y lesbianas lo mueven, estadísticamente de los que más. Menos mal.

Al extranjero pobre no se le mira con buenos ojos, y mucho menos ahora con tanto paro que hay. No parece importar que lleve años trabajando y cotizando en nuestro país, ni que aceptara por entonces un trabajo que nos hacía torcer la nariz a cualquiera de los que hoy lo reclamamos “por derecho propio”.

La salud es otro término que se mira desde arriba en su faceta económica. Uno de los máximos exponentes de la preocupación por nuestra salud -absurdo porque ni es el único riesgo ni el peor- es la sarta internacional de prohibiciones y castigos relacionados con el consumo del tabaco. Ha generado una nueva fobia prejuiciosa y en consecuencia ha engendrado al nuevo paria del siglo XXI, el fumador. Pero hay mucho más, el control que se está ejerciendo sobre las personas en muchos ámbitos hace tiempo ya que amenaza uno de los pilares más importantes para el ser humano, que es la libertad. No es el único artículo que he visto sobre el tema, pero sí el último. Se titula Prisioneros de la seguridad y no está mal darle un vistazo.

Control y libertad

Ayer estuve hablando con un compañero y una compañera sobre el tema del control en las aulas. Hace unos días lo hice con un amigo mío que nos visitó con su hija de 14 años. Cuando yo era pequeña iba al colegio con otras niñas o sola, desde los 6 años. A partir de los 10, cuando empezaba el bachiller, si se cortaban las clases por ausencia de algún profesor, nos mandaban a casa y nos íbamos o nos quedábamos charlando en el parque. Ya cuando mi hija mayor estaba en la escuela, algo había cambiado y yo la acompañaba o tenía a una persona adulta que lo hiciera hasta que cumplió 11 años (hace 22), y ella recuerdo que se avergonzaba porque era de las pocas que a “esa edad” la llevaban al colegio. Ahora, hasta los 18 años te quedas encerrado en el instituto si falta un profesor, o como mucho avisan por teléfono a casa para que vengan a buscarte si pueden. He puesto estos ejemplos reales para que se vea la evolución de las cosas. Evolucionamos hacia el control e involucionamos en libertad. Exigimos control y éste nos viene impuesto por quienes nos gobiernan, porque no hay nada más gustoso para un gobernante que controlar y prohibir y se lo estamos poniendo en bandeja con nuestras exigencias.

El amigo que nos visitó con su hija de 14 años nos contaba que lo llamaron una mañana a las 8:30 del instituto de su hija y se asustó pensando que le habría ocurrido algo grave. Fue para comunicarle que su hija había llegado con 15 minutos de retraso y que eso le había valido, según el ROF del instituto, el castigo de pasar la mañana en el aula “de convivencia” (menudo eufemismo). Ayer mi hija pequeña me preguntó si me habían llamado de su instituto para decirme que había faltado la profesora de Filosofía. No, no me habían llamado, y menos mal porque me habría cabreado de tanta información.  Está en el mismo instituto que la hija de mi amigo, un centro con calidad AENOR. Mi amigo trabaja en un hospital y dice que ahí también se está sufriendo el efecto control y el miedo a la denuncia y a la agresión.

Sacar el brazo por la ventanilla del coche, fumar, comer chorizo, ser vegetariano, llevar cinturón de seguridad, casco, practicar deportes de riesgo, hacer puenting, acampar en el desierto, caminar descalzo, usar traje o ir en short, deberían ser decisiones personales y por lo tanto respetadas. Aquellas que no se respetan tienen que ver con uno de los tres becerros de oro: hombre (machismo), religión y dinero. Y todos adoramos a alguno de esos tres becerros de oro, poca gente se libra de caer en las manipulaciones de uno o de otro ni de padecer como mínimo una fobia prejuiciosa. Todos decimos que “a mí eso me molesta”, y eso puede ser desde el olor a humo de una cortina, como el que dos chicas se besen en la calle. Corremos peligro de que al igual que se prohíben unas cosas que nos molestan aunque no nos perjudiquen, se prohíban otras. Pero no nos damos cuenta.

Exigimos que nos controlen (pero siempre creemos que a quien se va a controlar es “al otro”), nos dejamos manipular y acabamos considerando que somos seres civilizados, pero solamente somos masa idiota.

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Mientras tanto… fotos

No sé cómo me las arreglo para ocupar no solo las mañanas con el trabajo sino las tardes también con mil historias que surgen, que si compras, que si encargos, que si la ITV, que si reuniones de departamento, que si claustros, que si curso de cortometrajes. En fin, que la tercera parte de los becerros de oro tendrá que esperar a que tenga un buen rato para el corolario y las conclusiones.

Mientras tanto, unas fotos de lo cotidiano.

La gente de la sección... y pico

Botella de Bordeaux

El martes nos fuimos a la vieja cocina del instituto, de cuando había talleres de cocina. Estábamos todos los de mi sección y siete extras que se agregaron sin previo aviso. Una compañera volvió de Francia con quesos, vinos, patés y otras exquisiteces francesas, además hizo una paella y nos invitó a comer todo aquello tan rico.

El rincón más divertido era el formado por una conserje, las dos limpiadoras, la administrativa y una profesora. De pronto formaban un corrillo muy cerrado, todas sus cabezas juntas, y de pronto el círculo se separaba en una gran carcajada. Chismes al oído y risas, tanto que atrajeron mi atención y me harté de hacerles fotos.

El ángulo divertido

Hoy salí a fumar al “prao” (don’t walk on the grass, smoke it…). Estaba precioso de hierba y flores silvestres. Hice un pequeño ramo de margaritas y las llevé adentro. A nuestra cariñosa conserje le encantaron, cortó su botellín de agua con unas tijeras y lo convirtió en un jarrón, que llené de agua y llevé a la mesa (con pañito de encaje) de la sala de profesores. Después alguien, no sé quién, incorporó una rosa rosa (mis preferidas junto con las amarillas).

Margaritas silvestres y una rosa

En el recreo bajé a desayunar con una compañera, que se llama como yo (es curioso, pero hemos llegado a estar cinco mujeres con un nombre tan poco común trabajando a la vez en el mismo instituto). Ella se fue antes porque tenía prisa. Yo volví despacio, pasé por la pescadería y compré pescado para la comida, y luego pasé por delante de un puestecillo ambulante de bragas y calzoncillos. Había unas bragas moradas de las que a mí me gustan (bragas estándar, para mí las que más morbo tienen) y me dije esto pa Pepa que ni pintao… Las compré y les hice una foto para darle el anticipo del regalo mediante SMS, además de enseñarle a todas mis compañeras la estupenda compra por tan solo un euro. Unas me decían “qué color más bonito”, otras “qué chulas” y las más “qué grandes”, y yo “mmmmmmmmm”.

Bragas y flores

Y ya de vuelta en casa, la familia felina reclama su atención y me acapara en cuanto me siento ante el ordenador. Paquito siempre se tumba sobre la mano que maneja el ratón. Violeta y Lalo se me ponen sobre las piernas que, cansadas de todo el día, se apoyan en la silla de enfrente… No hay becerro de oro que pueda con ellos :p

Paquito y mi brazo

Overbooking de piernas

Esa es mi vida, parte de ella :)

 

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Los tres becerros de oro (segunda parte)

En la primera parte iba a continuar, pero se habría hecho demasiado larga. Tenía ya escritas algunas ideas sobre las que hablar como la pena de muerte, un acto horrible, ha de serlo porque a mí no me enseñaron a estar ni a favor ni en contra de eso, simplemente yo lo sentí desde siempre como algo terrible que me llega no sé a qué parte honda de mí y me hace temblar. No sabía que esta noche iba a ver una película que probablemente ya había visto, pero que no recordaba. Pena de muerte. La dieron en la 2 y acabo de verla ahora mismo. Ese es uno de los legados del ser humano, es un mal casi universal, lo digo porque se dicta tanto en el mundo que consideramos civilizado como en esos países para los que se usa el eufemismo de “en vías de desarrollo”. Es legal en un mundo que habla a boca llena de derechos humanos. Sirve al becerro dinero, porque es más barato que tener al reo durante años y años en una prisión. Sirve al becerro religión, porque la religión no está hecha por ningún dios, sino por hombres, y como tales dejaron reflejada esta abominación en los escritos atribuidos al dios tal o al dios cual. Ninguna mujer participó en la escritura de ninguno de esos libros pero la mitad de la masa que los sigue está formada por mujeres. El poder de la manipulación y la masa idiota forman una mezcla explosiva.

Yo entiendo el matar solamente de una manera: para sobrevivir o para que sobreviva alguien a quien quieres más que a ti. En defensa propia y en un acto no premeditado, una reacción inmediata a una acción que se está produciendo. Y ya es mucho pensar así, que casi siento al decirlo la necesidad de pedir perdón por lo que siento, pero es así y solamente así entiendo que un ser humano mate a otro.

Pero volvamos a la generalidad de lo que estoy hablando, porque no es solo la pena de muerte sino muchas más cosas que no deberían ser, desde mi punto de vista, y sin embargo son. Hace un tiempo escribí un post, que no llegué a publicar, sobre las fobias. Fobia tiene dos significados, uno es miedo y el otro es aversión, que son cosas distintas aunque puedan confundirse. Ambas son irracionales, es decir, están ahí dentro y aunque nuestra razón nos diga que no se basan en la lógica, no podemos evitarlas. Hay una larguísima lista en Wikipedia, clasificada en fobias psicológicas, no psicológicas, biológicas o químicas, prejuiciosas y raras. Para todas ellas o para la mayoría tienen explicación los expertos en medicina, psicología y psiquiatría, incluso algunas pueden curarse. Sin embargo yo me he fijado en las prejuiciosas. En Wikipedia incluye en ese apartado bifobia, efebifobia, gerontofobia, heterofobia, homofobia, transfobia y xenofobia, pero hay muchas más, lo que ocurre es que yo no sé qué nombre ponerles.

Hago un paréntesis para contar algo que me ocurrió siendo bastante joven. Un chico al que quería mucho decía sentir asco por los hombres homosexuales, le pregunté ¿asco? ¿por qué? Se encogió de hombros, no sabía qué o cómo responder. Le pedí que me acompañara a un pub para gays y lo hizo. Estoy segura de que él mismo quería descubrir el porqué de ese asco. Pedimos una copa y la tomamos en la barra. Alrededor había muchos chicos charlando y bebiendo también, como nosotros, distintos estilos de vestimenta y de comportamiento, hombres al fin y al cabo, seres humanos que no hacían nada distinto a lo que hacen otros seres humanos. Se lo dije y los miró de reojo, apenas levantaba la vista del vaso (creo que tenía miedo de provocar si miraba). No es asco, dijo, es otra cosa, miedo a que me propongan algo que yo no quiero hacer. ¿Y si te lo propone una mujer? Bueno, depende de cómo sea la mujer, si no me gusta también sentiré rechazo por ella. Ya, pero ¿miedo? No, miedo no. Pues es igual, si algún hombre te propone algo que no te apetece hacer con él, le dices que no y ya está, y aunque lo rechaces no pasará nada, no te va a violar como tampoco lo haría una mujer que no te gustara. Ya… pero, es distinto, solo imaginarlo… en fin… además, qué coño, es algo antinatural, me molesta estar al lado de un mariquita y punto.

Y punto…

Ese punto es el que se le pone a todas las fobias prejuiciosas y ese “me molesta” es algo digno de analizar. Todas las fobias prejuiciosas son aprendidas. Se habrían vuelto fobias psicológicas si una persona le tiene terror a los policías porque una vez la prendieron y la apalearon igual que lo sería si se tuviera fobia a los hombres con barba porque alguien con barba la violó. No, no hablemos ahora de las filosofías de base que hay en cada colectivo/etnia/región/etc., porque entonces estaremos cayendo en que es justo decir que todos los gitanos son así o que todos los maricones son asá.

Muchas leyes en la historia han sido dictadas a raíz del “me molesta y punto”, aprendido de generación en generación. Muchos exterminios se han llevado a cabo en base a “todos los que son así, actúan asá”, en base a los peligros potenciales que provoca quien es A o pertenece a B. Algunas de esas leyes y esos exterminios han tenido un trasfondo económico (ejemplo los judíos, ejemplo las invasiones a países ricos en oro, o en petróleo…), en otros se ha tratado de una cuestión de supervivencia humana (algo que si se analiza también es de orden económico) y creo que en ese apartado habría que incluir a la homofobia, instaurada en la mente de los humanos cuando tener muchos niños era una cuestión casi vital para la humanidad, porque sobrevivían a veces incluso menos del 50%. Los niños eran necesarios para que de mayores fueran el apoyo y el sustento. Un hombre o una mujer “improductivos” estaban mal vistos incluso siendo heterosexuales. Los hombres echaban “la culpa” de la falta de prole a las mujeres, las mujeres eran llamadas “secas” y “machorras” (no significaba lesbianas), unos y otras se sentían avergonzados, ellas además culpables. Pero si esa falta de “productividad” era elegida, se trataba de haber elegido voluntariamente el camino de la culpa, disculpándose solo a veces en la palabra “enfermedad”, que ha sido la única “salida airosa” que se les ha dado a los homosexuales en la historia. Si no era enfermedad, era vicio, “que es mucho peor” (sic). En el fondo, la homofobia tenía un sentido económico, pero ¿ahora? Ahora solo cabe decir “me molesta y basta” o salir con la historia de lo antinatural. Es decir, ahora ya “no sé por qué, pero yo tengo insertado ese odio y ese miedo en mis genes”. (Continuará)

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